Crónicas de un día gris o esperando a que caiga la noche

marzo 27, 2006

Son apenas las diez y veinte de la mañana. Las persianas, si miro a mi derecha, se encuentran bajadas pero entornadas, dejando entrever un paisaje algo triste sin la sonrisa del sol. Un pequeño, moderno y artificial canal de agua aporta movimiento a esta ciudad que, por días, parece que pese dos toneladas de nostalgia, tristeza, apatía y sentimiento. No hay mucho ruido, la gente está trabajando pero no está trabajando, pocas llamadas y una atmósfera de lunes que no cambia estés donde estés, siempre y cuando tengas que levantarte a trabajar.

Hay pocos coches en la calle, si acaso el mayor de los asuntos por aquí es el del hotel que hay al lado de la oficina, donde taxis, autobuses y turistas entran, salen, desaparecen para siempre. El cielo, encapotado, ahoga los recuerdos de pocas nubes y brisa templada. Me evado de todo esto, del ordenador, del teléfono, de las incidencias y las caras de gente que parece creer que tiene el mejor trabajo del mundo, pero que en realidad no tienen otra cosa que unos cuantos euros a final de mes. Salto y pienso en esa bici. El regalo más emocionante de mi vida, el regalo más sincero, el que menos ha costado, el que más me ha atrapado en la celda de las horas muertas. Muchas gracias por propiciarme la ilusión de abrir los ojos e ir a contemplarla. Muchas gracias por permitirme recordar este regalo toda mi vida, por compartirlo conmigo.

Los días aquí también pasan rápido, vertiginosa capacidad de la rutina, vertiginosa especialidad de las ciudades de labor, se llamen Amsterdam o Madrid. Sin embargo, siento que no pasa nada. Que esa rutina no cavará en mí un profundo agujero húmedo de ansiedad y suspiros. Aquí nada me importa. No me importa lo que deje o lo que olvide, no me importa la gente que pasa delante de mi, no me importa nada más que la intersección de las almas que vinieron hasta aquí conmigo, que me siguieron y que confían en mí. Podría salir corriendo, escopetado, sin temor a que nadie me gritara pausa, podría salir lentamente o a paso medio, podría abandonar esta vida y volver a algo parecido a la anterior sin el miedo que provoca perder algo, sin el miedo que provocó dejar a un lado las cosas que verdaderamente importaban, exceptuando la intersección de las almas que vinieron hasta aquí conmigo.

Deseo que caiga la noche. Deseo que caiga con todo su peso, que tape el horizonte, que deje hablar a la luna, que el aire sólo sea aire. Deseo tumbar mi cuerpo, cerrar los ojos y pensar en lo que voy a disfrutar todo aquello que no me aportaba otra cosa sino indiferencia. Deseo que nunca dejes de mirarme así, que nunca dejes de seguirme. Que el trasiego de la vida en nuestros corazones no sea otra cosa que el trasiego de la vida en uno solo. El nuestro.

2 comentarios to “Crónicas de un día gris o esperando a que caiga la noche”

  1. Móni Says:

    Si pudiera regalarte hoy el sol, si pudiera comprarte un poquito de ilusión, si pudiera hacer que el lunes se convirtiera en sábado para ti… si pudiera hacerte feliz cada segundo…

  2. Yegros Says:

    Ostras…..tio se me paso…Feliz cumpleaños….. Y Felicidades por la compañerita que tienes al lado…que es capaz de provocar en ti estos post.

    Saludos


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